La guerra es la forma de interacción social más destructiva, exclusiva de la especie humana. Ningún otro animal ni ser vivo es tan maquiavélico en la planificación ni en la ejecución como el ser humano cuando se trata de un conflicto bélico.
La guerra es un juego de suma negativa. Tras una guerra, el resultado es peor para todas las partes. La destrucción se cobra su parte, hasta que llega la reconstrucción. Los humanos tenemos la capacidad de emerger de las cenizas.
Pero no literalmente.
La masacre de Bucha no permitirá que los civiles asesinados vuelvan a vivir, y son el testimonio de la destrucción de vidas y bienes. Estos últimos sí se recuperarán en el futuro. Las vidas perdidas no.
Y de la misma manera, en la memoria histórica de Ucrania resonarán las atrocidades que Putin ha perpetrado y permitido que, en su particular estrategia, deben de formar parte de su hoja de ruta. A menos que esté dejando campar las reacciones de los soldados rusos, despechados por la resistencia ucraniana.
El veredicto para Putin es en cualquier caso el mismo: culpable, culpable, culpable.
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