Allí está la acción, el lugar donde esta guerra morirá o desde donde se expandirá a otras partes.
Mariúpol es una ciudad cadavérica, el espejo roto de lo que fue, el único puerto ucraniano al Mar de Azov. Putin la quiere y no la soltará porque es su victoria de mínimos.
Aunque columnistas estiman que Rusia está preparando un caso de agresión por parte de Occidente y Ucrania para convocar tropas de estados satélites a Rusia como armenios, tayikos, o bielorrusos. Salvo Bielorrusia, casi en el Mar Báltico, no sé qué tienen que ganar el resto para apoyar a Putin contra Occidente.
Cunden los análisis que contradicen y matizan la visión occidentalista de la invasión de Ucrania. Pero por mucho que Rusia se victimice por la asertividad expansiva de la OTAN, ha perdido toda su razón en las formas.
No obstante, su apoyo interior incluso proviene de la Iglesia Ortodoxa. Ni siquiera es capaz de unirse la religión cristiana para detener esta guerra. Las religiones ni siquiera comparten los preceptos más básicos.
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